Jumper
Jumper El miedo se arremolinó en su estómago, pero lo disfrazó con desafío.
—¿Por qué debería confiar en ti?
El hombre sonrió débilmente.
—Porque no te habría encontrado si no compartiéramos la misma maldición.
Esa palabra, “maldición”, le resonó profundamente. Durante tanto tiempo, Davy había visto su poder como una bendición, una forma de escapar de todo lo que lo aterrorizaba. Pero ahora entendía que este don lo había convertido en un blanco, en un fugitivo perpetuo.
—¿Qué se supone que haga? —preguntó, dejando caer los hombros.
—Aprender. Controlar. No puedes seguir corriendo, Davy. Es hora de pelear.
Davy sintió un fuego encenderse en su interior. Estaba cansado de huir, de ser un peón en un juego que no entendía. Miró al hombre y asintió.
—¿Cómo empiezo?
El hombre extendió la mano, pero antes de que Davy pudiera tomarla, una explosión sacudió el aire. Ambos se giraron al unísono, viendo cómo una columna de polvo se alzaba en la distancia.
—Esos son ellos —dijo el hombre, con una calma tensa—. No tenemos mucho tiempo.