Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver En la época en que tiene lugar nuestro relato, el número 7 de Norfolk Street tenía en la puerta una placa de cobre, con estas palabras: W. D. Pitman, artista. Esta placa no se hacía notar por su limpieza, y en cuanto a la casa, en su conjunto, no tenía nada de particular ni atractivo. Y sin embargo, dicha casa, desde cierto punto de vista, era una de las curiosidades de nuestra capital; porque tenía como inquilino a un artista (y hasta a un artista distinguido, siquiera no se distinguiese sino por sus fracasos), ¡a quien jamás había consagrado el más insignificante artículo ninguna revista ilustrada! Jamás había reproducido ningún grabador en madera «un rincón del pequeño salón» de aquella casa, «la chimenea monumental del salón grande»; ninguna literata incipiente había celebrado «la sencillez llena de naturalidad» con que la había recibido el maestro W. D. Pitman, «en medio de sus tesoros artísticos». Pero yo mismo, por otra parte y con gran sentimiento mío, no voy a poder llenar esta laguna, porque sólo voy a permitirme entrar en la antesala, el taller y el desdichado jardín de la estética morada del señor Pitman.