Aventuras de un cadaver

Aventuras de un cadaver

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VIII

Donde Michael se permite un día de asueto

Al día siguiente por la mañana, a las ocho en punto, llamó Michael a la puerta del taller. Halló al artista en el más lamentable estado, descolorido, encorvado, sin fuerzas, con los ojos extraviados, que se dirigían sin cesar a la puerta del gabinetito. Pitman por su parte quedó mucho más admirado del cambio que observó en su amigo. Michael se las echaba de seguir la última moda (creo que ya lo he dicho) y es lo cierto que estaba siempre vestido con irreprochable elegancia, lo cual le daba en cierta manera el aspecto de un señor que está convidado a una boda. Ahora bien, la mañana en cuestión, estaba muy lejos de parecer semejante cosa. Llevaba una camisa de franela, una americana y un pantalón de paño ordinario; calzaba botas sin tacones y acababa de darle el aspecto de un vendedor ambulante de cerillas, un malaventurado abrigo.

—¡Aquí me tiene usted, William Dent! —exclamó quitándose el sombrero de fieltro que llevaba en la cabeza.

Después de esto, sacando del bolsillo dos mechones de pelos rojos, se los pegó en las mejillas a modo de patillas y empezó a bailar desde un extremo a otro del taller, con la gracia afectada de una bailarina.

Pitman sonrió tristemente.

—¡Jamás hubiera podido reconocerle! —dijo.


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