Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Tomó de nuevo el brazo de su amigo y le condujo inflexiblemente a una taberna de no desagradable apariencia, y debo agregar (con gran pesar de mi parte) que Pitman se dejó conducir a ella de muy buen grado. Desde el momento en que la paz brillaba de nuevo en el horizonte, empezaba a notarse en los modales del artista cierta inocente jovialidad, y cuando alzó su copa para trincar con Michael, es lo cierto que dio a su gesto toda la petulancia de una colegiala romántica.