Aventuras de un cadaver

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IX

Cómo terminó el día de asueto de Michael Finsbury

Michael era, como ya hemos dicho, un buen muchacho, más aficionado tal vez a gastar él dinero que a ganarlo. Pero nunca recibía a sus amigos sino en el restaurante. Las puertas de su domicilio particular no se abrían casi nunca. El primer piso, que tenía más aire y luz, servía de habitación al anciano Mastermann; el salón permanecía casi constantemente cerrado, y la residencia ordinaria de nuestro amigo, era el comedor. Precisamente en dicho comedor, situado en el piso bajo, hallamos a Michael sentándose a la mesa para comer, la noche del glorioso día de asueto que había consagrado a su amigo Pitman. Una anciana criada escocesa, con ojos muy brillantes y una boquita burlona, estaba encargada de la dirección y arreglo de la casa; manteniéndose en pie, cerca de la mesa, mientras su amo desliaba la servilleta.

—Creo —se aventuró a decir tímidamente Michael—, que me sentaría bien un poco de aguardiente con agua de seltz.

—¡De ninguna manera, señorito —respondió vivamente el ama de gobierno—; vino tinto y agua!

—¡Está bien, está bien, Catherine; será usted complacida! —dijo el joven—. Sin embargo, ¡si supiera usted qué día tan atareado he tenido hoy en la oficina!


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