Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Cómo terminó el dÃa de asueto de Michael Finsbury
Michael era, como ya hemos dicho, un buen muchacho, más aficionado tal vez a gastar él dinero que a ganarlo. Pero nunca recibÃa a sus amigos sino en el restaurante. Las puertas de su domicilio particular no se abrÃan casi nunca. El primer piso, que tenÃa más aire y luz, servÃa de habitación al anciano Mastermann; el salón permanecÃa casi constantemente cerrado, y la residencia ordinaria de nuestro amigo, era el comedor. Precisamente en dicho comedor, situado en el piso bajo, hallamos a Michael sentándose a la mesa para comer, la noche del glorioso dÃa de asueto que habÃa consagrado a su amigo Pitman. Una anciana criada escocesa, con ojos muy brillantes y una boquita burlona, estaba encargada de la dirección y arreglo de la casa; manteniéndose en pie, cerca de la mesa, mientras su amo desliaba la servilleta.
—Creo —se aventuró a decir tÃmidamente Michael—, que me sentarÃa bien un poco de aguardiente con agua de seltz.
—¡De ninguna manera, señorito —respondió vivamente el ama de gobierno—; vino tinto y agua!
—¡Está bien, está bien, Catherine; será usted complacida! —dijo el joven—. Sin embargo, ¡si supiera usted qué dÃa tan atareado he tenido hoy en la oficina!
