Aventuras de un cadaver

Aventuras de un cadaver

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—¡He venido sin ninguna mala intención, se lo aseguro! —dijo poniéndose la mano sobre el corazón—. ¡Le juro que no he tenido más intención que desempeñar el papel de agente de la Providencia!

Después anduvo hasta la puerta de la calle, la abrió no sin trabajo y llegó al coche que le estaba esperando. El cochero, despertado bruscamente, le preguntó adónde había que conducirle.

Michael observó que Maurice le había seguido hasta el umbral y tuvo una brillante inspiración.

«¡Este mozo necesita un buen susto!», pensó para sí.

—¡Cochero, lléveme usted a Scotland Yard! —dijo en voz alta sujetándose a la rueda—. Porque, en fin, cochero, ¡no me parece del todo claro eso del tío y su accidente, y merece aclaración! ¡Lléveme usted a Scotland Yard!

—¡Supongo que no me lo pedirá usted de veras! —dijo el cochero con la cordial simpatía que emplean siempre con los hombres de mundo en estado de embriaguez—. ¡Oiga usted, caballero, haría usted bien en darme las señas de su casa! ¡Mañana por la mañana podrá usted ir a Scotland Yard!

—¿Lo cree usted así? —preguntó Michael—. ¡En ese caso lléveme usted al bar de la Gaieté!

—El bar de la Gaieté está cerrado, caballero.


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