Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver De todo esto resulta que el señor Bloomfield no puso en ejecución su proyecto de escribir a la Pall Mall Gazette. Declaró únicamente que era preciso poner a miss Hazeltine al abrigo de las pesquisas probables de sus perseguidores y, como era propietario de un yate, juzgó que no podía haber retiro mejor ni más seguro para la infortunada joven. La mañana misma del día en que Gideon se dirigía a Hampton-Court, Julia, en compañía del señor Bloomfield y de su esposa, había salido de Londres a bordo de dicho barco. Como supondrá el lector, Gideon hubiera querido formar parte de la excursión pero su tío no había querida concederle este favor. «No, Ged —le dijo—. Seguramente te van a seguir los pasos y no conviene que te vean con nosotros». El joven no se había atrevido a destruir esta extraña ilusión, porque temía que su tío se enfriase en su ardiente celo por la protección de Julia, si descubría que el asunto no era tan romántico como él se lo había figurado. Por lo demás, la discreción de Gideon no había quedado sin recompensa porque el anciano Bloomfield, posándole la poderosa diestra en el hombro, había agregado estas palabras, cuya significación había adivinado inmediatamente el joven «¡Adivino lo que traes entre ceja y ceja, Gideon! Pero si quieres obtener la mano de esta joven, será preciso que trabajes, ¿me entiendes, tunante?».