Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Después de beber algunos tragos de esa tisana caliente, viscosa y turbia que pasa en las tabernas de Londres por una infusión de la semilla del cafeto, comprendió Gideon que, por lo menos, había un punto en que no cabía la menor duda. El asunto debía arreglarse sin intervención de la policía. Pero fuera cual fuese el arreglo, tenía que hacerse sin tardanza. Preguntóse nuevamente Gideon lo que hubiera hecho Robert Skill para desembarazarse de un cadáver honrosamente adquirido. Depositarlo en la esquina inmediata equivalía a excitar en el corazón de los transeúntes una curiosidad desastrosa. No había que pensar en echarlo en una de las chimeneas de la ciudad, pues se oponía a ello una serie de obstáculos materiales, que hacían la empresa completamente impracticable. No había que pensar tampoco, por desgracia, en arrojar el cuerpo por la portezuela de un vagón o desde lo alto del imperial de un ómnibus. Embarcar el cuerpo en un yate y echarlo enseguida al fondo de un río era cosa más practicable; pero qué de gastos para un hombre de escasos recursos. El alquiler de un yate y el pago de la tripulación hubiera sido cosa muy ruinosa hasta para un capitalista. De pronto recordó Gideon los pabelloncitos en forma de barcos que había visto el día antes a orillas del Támesis. Este recuerdo fue para él un rayo de luz.