Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Un compositor de música llamado, por ejemplo, Jimson, podía muy bien, como le ocurría en otro tiempo al músico inmortalizado por Hogarth, sentirse molestado en sus horas de inspiración por el gran ruido de Londres. Podía muy bien tener prisa por acabar una ópera o una pieza cómica titulada Orange pekoe, ligero capricho chino por el estilo del Mikado. Orange pekoe, música de Jimson, «el joven maestro», una de las glorias de nuestra nueva escuela inglesa, el encantador quinteto de los mandarines, una vigorosa entrada de la perversión, etc. En un momento surgió en la mente de Gideon el personaje completo de Jimson con su música y todos los demás detalles. ¿Qué cosa más natural y corriente que la repentina llegada de Jimson a uno de los poéticos pabellones de las orillas del río en compañía de un gran piano de cola y de la partitura incompleta de Orange pekoe? Seguramente no parecía tan natural, algunos días más tarde, la desaparición del susodicho maestro sin dejar tras sí otra cosa que un piano sin cuerdas. Pero aun esto mismo podría tener explicación. Podría suponerse muy bien, en suma, que, enloquecido de pronto por las dificultades de algún pasaje, había empezado por destruir el piano y luego se había echado al río. ¿No era esto, después de todo, una catástrofe enteramente digna de un músico joven de la nueva escuela?