Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver —¡Eso sà que no lo puedo permitir! ¡No puedo autorizar a mis Hazeltine a que vaya con usted! —exclamó el señor Bloomfield.
—¿Y por qué? —preguntó Julia.
Ahora bien, el señor Bloomfield no tenÃa ganas de revelárselo, porque el verdadero motivo era que temÃa verse mezclado en el asunto. Pero según la táctica ordinaria en estos casos, dijo ahuecando la voz:
—No permita Dios, mi querida miss Hazeltine, que yo tenga que dictar a una joven bien educada lo que prescriben las conveniencias. Pero, en fin…
—¡Oh! ¿No es más que eso? —interrumpió Julia—. Pues en ese caso vamos los tres juntos a Padwick.
«¡Caà en la trampa!», pensó tristemente el viejo radical.