Aventuras de un cadaver

Aventuras de un cadaver

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«¿Qué diablos querrán ver?», pensó para sus adentros Brand. Arreó a su caballo, pero no sin volverse discretamente una vez más, lo cual le permitió ver las tres personas de pie en medio de la carretera, como si estuviesen deliberando. No es de extrañar, pues, que entre los gruñidos articulados que salieron entonces de la boca del improvisado carretero, figurase, en primer término, la palabra «policía». Brand arreaba su caballo, el cual galopando lo más que podía (que no era, en resumen, sino un galope muy relativo), corría hacia Great Hamercham. Poco a poco fue debilitándose el ruido de los cascos y el rechinar de las ruedas, y el trío antes citado quedó de pie en la orilla en medio del más profundo silencio.

—¡Es lo más extraordinario del mundo! —exclamaba el más pequeño de los dos hombres—. ¡He reconocido perfectamente el carro!

—¡Y yo he visto un piano! —decía la joven.

—¡Es seguramente el mismo carro! —añadía el joven—. ¡Y lo más extraño es que el carretero no es el mismo!

—¡Debe ser el mismo carretero, Gid! —afirmaba el otro hombre.

—Entonces —preguntaba Gideon—, ¿por qué ha huido?

—¡Tal vez se habrá desbocado su caballo! —apuntó el viejo radical.


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