Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver —¡De ninguna manera! ¡He oÃdo restallar el látigo! —decÃa Gideon—. ¡En verdad esto es capaz de desconcertar a uno!
—¡Voy a decir a ustedes lo que creo que debemos hacer! —exclamó la joven—. Vamos a seguir su pista, como dicen en las novelas o, mejor dicho, vamos a seguirla en sentido contrario, marchando hacia el punto de donde venÃa. ¡Seguramente encontraremos alguien que le haya visto y nos dé noticias!
—¡SÃ, perfectamente, hagámoslo asÃ, aunque sólo sea por lo extraño del caso! —dijo Gideon.
Lo «extraño del caso» consistÃa sin duda para él en que semejante excursión le permitirÃa estar al lado de miss Hazeltine. En cuanto el señor Bloomfield, el tal proyecto le agradaba mucho menos. Y cuando hubieron recorrido unos cien pasos por un camino desierto, entre una tapia por un lado y una cuneta por otro, el presidente del Club Radical dio la señal de alto.
—¡Lo que estamos haciendo no tiene visos de sentido común! —dijo.
Pero apenas se extinguió el ruido de sus pasos, llegó a oÃdos de nuestros amigos otro ruido que salÃa misteriosamente de un bosquecillo inmediato.
—¿Qué es eso? —exclamó Julia.
—¡No sé lo que podrá ser! —dijo Gideon—, haciendo ademán de querer entrar en el bosquecillo.