Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Durante la comida el huésped llevó su complacencia hasta conversar con los tres hijos de Pitman a quienes enseñó una multitud de curiosos detalles acerca de diversos asuntos; luego se estuvo hablando con el artista, en el taller de este último, hasta la una de la madrugada, deslumbrándole con la variedad y seguridad de sus conocimientos. En una palabra, el bueno de Pitman había quedado encantado y, al recordar la excelente velada de la víspera, aparecía en su semblante una sonrisa que no era habitual en él.
«Ese señor Finsbury es para nosotros una adquisición inestimable», pensaba, mientras se estaba afeitando delante de la ventana.
Y cuando terminado su tocado, entró en el comedorcito, donde estaba ya servido el desayuno, estrechó la mano de su huésped casi con la cordialidad de un antiguo amigo.
—Me alegro en el alma de verle a usted —le dijo—, ¿ha pasado usted bien la noche?