Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver El regreso del gran Vance
Imposible me sería describir el estado de ánimo en que se hallaba Maurice al salir de la estación de Waterloo. El joven negociante en cueros era naturalmente modesto y jamás se había hecho grandes ilusiones acerca de su valor intelectual; se daba plenamente cuenta de su incapacidad para escribir un libro, para tocar el violín, para distraer a una reunión escogida con juegos de prestidigitación, en una palabra, para ejecutar cualquiera de esos actos notables que se suelen considerar generalmente como privilegio del talento. Estaba convencido de que su papel en este mundo era enteramente prosaico, pero creía, o por lo menos lo había creído hasta entonces, que sus aptitudes se hallaban a la altura de las exigencias de su vida. ¡Ahora bien, decididamente tenía que declararse vencido en este terreno! Así que cuando el pobre mozo abandonó la estación de Waterloo, no tenía más que un solo objetivo, volver a su casa. Del mismo modo que el perro enfermo se acurruca en el sofá, Maurice sólo aspiraba a encerrarse en su casa de John Street. La cama y la soledad constituían la única aspiración de su alma.
