Aventuras de un cadaver

Aventuras de un cadaver

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XVI

En que los cueros se ponen felizmente a flote

Al día siguiente por la mañana, a las diez en punto, los dos hermanos Finsbury fueron introducidos en la grande y hermosa habitación que servía de despacho a su primo Michael. John se sentía algo repuesto de sus fatigas, pero llevaba aún un pie en pantufla. Maurice parecía mejor conservado materialmente, pero había envejecido diez años desde que salió de Bournemouth. La ansiedad había surcado su rostro con profundas arrugas y su cabellera negra presentaba no pocos hilos de plata hacia las sienes.

Tres personas esperaban a los hermanos Finsbury, sentadas ante una mesa. En medio estaba Michael en persona: tenía a su derecha a Gideon Forsyth y a su izquierda, a un señor anciano con anteojos y con la cabeza cubierta de venerables canas.

—¡Juraría que es el tío Joseph! —exclamó John.

Maurice se frotó los ojos, juzgándose presa de una pesadilla más terrible que las de los días anteriores. Después, se adelantó de pronto hacia su tío, temblando de ira.

—¡Voy a decirle a usted lo que ha hecho, viejo malvado! —gritó—. ¡Se ha evadido usted!


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