Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver En que los cueros se ponen felizmente a flote
Al dÃa siguiente por la mañana, a las diez en punto, los dos hermanos Finsbury fueron introducidos en la grande y hermosa habitación que servÃa de despacho a su primo Michael. John se sentÃa algo repuesto de sus fatigas, pero llevaba aún un pie en pantufla. Maurice parecÃa mejor conservado materialmente, pero habÃa envejecido diez años desde que salió de Bournemouth. La ansiedad habÃa surcado su rostro con profundas arrugas y su cabellera negra presentaba no pocos hilos de plata hacia las sienes.
Tres personas esperaban a los hermanos Finsbury, sentadas ante una mesa. En medio estaba Michael en persona: tenÃa a su derecha a Gideon Forsyth y a su izquierda, a un señor anciano con anteojos y con la cabeza cubierta de venerables canas.
—¡JurarÃa que es el tÃo Joseph! —exclamó John.
Maurice se frotó los ojos, juzgándose presa de una pesadilla más terrible que las de los dÃas anteriores. Después, se adelantó de pronto hacia su tÃo, temblando de ira.
—¡Voy a decirle a usted lo que ha hecho, viejo malvado! —gritó—. ¡Se ha evadido usted!
