Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Fingiendo admirable indiferencia, Maurice propuso a su hermano una partida de tejo. ¡A qué concesiones tiene a veces que descender un diplomático! Era éste por otra parte el juego favorito de John (los demás le parecían demasiado intelectuales) y jugaba con tanta suerte como destreza. El pobre Maurice, por el contrario, echaba mal las monedas, tenía una mala suerte congénita y además pertenecía a esa especie de jugadores que se irritan cuando pierden. Pero aquella noche estaba dispuesto de antemano a toda clase de sacrificios.
A eso de las siete, Maurice, después de atroces torturas, había perdido de cinco a seis chelines. Aun teniendo a la vista la perspectiva de la tontina, era aquello el límite de lo que podía soportar. Prometió desquitarse otra vez y entretanto propuso una ligera colación acompañada de un grog.
Y cuando ambos hermanos hubieron terminado este último entretenimiento, llegó la hora de poner manos a la obra. Habían vaciado el tonel; lo llevaron rodando hasta el hogar, lo secaron con esmero y, hecho esto, ambos hermanos salieron en medio de la más densa oscuridad, para ir a desenterrar a su tío Joseph.