Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver A medida que avanzaba la tarde, la dichosa casita recordaba más Ãntimamente su pantano natal; iba sintiéndose en todas las habitaciones un frÃo espeluznante; la chimenea echaba humo, y pronto una ráfaga de aire hizo entrar en la habitación, por entre las hendiduras de la ventana, un verdadero chubasco. Por momentos, cuando la melancolÃa de los dos inquilinos amenazaba trocarse en desesperación, Maurice destapaba la botella de whisky. John acogió al principio con júbilo esta distracción, pero el placer no duró largo tiempo. He dicho antes que el tal whisky era el más malo de todo Hampshire; sólo los que conocen esta comarca pueden apreciar el valor exacto de este superlativo. Al fin, el mismo gran Vance, que no era sin embargo muy experto en la materia, no tuvo valor para acercar a sus labios la nauseabunda bebida. ImagÃnese, por añadidura, la invasión de las tinieblas, débilmente combatidas por una candela que se empeñaba en arder sólo en parte, y se comprenderá que, repentinamente, dejase John de silbar, metiéndose los dedos en la boca, ejercicio a que se entregaba hacÃa una hora para tratar de olvidar los goces del arte.
—¡Jamás podré estar aquà un mes! —declaró—. ¡Nadie serÃa capaz de ello! ¡Tu combinación es una locura, Maurice! ¡Vámonos de aquà en seguida!