Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver —Hombre, después de todo, reflexiona un poco y echa una mirada en tomo tuyo —dijo John—. ¡Esta casa es una verdadera pocilga, lúgubre y húmeda! ¡Tú mismo declarabas hace poco que era húmeda!
—¡SÃ, pero se lo decÃa al carpintero —observó Maurice— para obtener alguna rebaja! A decir verdad, ahora que estamos dentro, debo confesar que las hay peores.
—¿Y qué será de mÃ? —gimió la vÃctima—. ¿Podré a lo menos invitar a algún camarada?
—Querido John, si no crees que la tontina merece un ligero sacrificio, dilo de una vez y lo mando todo a paseo.
—¿Por lo menos estás seguro de las cifras que me has dicho? —preguntó John—. ¡Ea! —prosiguió, lanzando un profundo suspiro—, cuida de enviarme regularmente el Léame usted y todos los periódicos satÃricos. ¡A fe mÃa, adelante con los faroles!