Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver —¡Un dÃa o dos! —exclamó Maurice, que empezaba a impacientarse y le costaba trabajo contenerse—. ¡Vamos, creo que harÃas algo más por ganar cinco libras en las carreras!
—¡SÃ, tal vez! —respondió el gran Vance—, pero eso depende de mi temperamento de artista.
—¡Eso significa simplemente que tu conducta es monstruosa! —repuso Maurice—. ¡Tomo a mi cargo todos los riesgos, pago todos los gastos, te doy la mitad de los beneficios y te niegas a imponerte la menor privación para ayudarme! ¡Eso no está bien ni mucho menos!
La violencia de Maurice no dejó de hacer alguna impresión en el excelente Vance.
—Pero supongamos —dijo éste al fin— que vive nuestro tÃo Mastermann y que vivirá aún diez años. ¿Habré yo de estar aquà pudriéndome todo ese tiempo?
—¡Hombre, no, claro que no! —repuso Maurice con tono más conciliador—. Te pido únicamente un mes como máximum. ¡Si al cabo de un mes no ha muerto nuestro tÃo Mastermann, podrás largarte al extranjero!
—¡Al extranjero! —repitió vivamente John—. ¡Hombre, y por qué no largarme ahora en seguida! ¿Quién te impedirÃa decir que tÃo Joseph y yo hemos ido a reponemos en ParÃs?
—¡Vamos, no digas locuras! —respondió Maurice.