Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver —Pues bien —repuso el otro—, sepa usted que ese animal que duerme ahà junto a nosotros, representa para mà cincuenta mil libras. Por lo menos, su muerte representarÃa para mà esa cantidad. ¡Y estaba ahà dormido sin que nadie más que usted pudiera vemos! Pero lo he respetado, porque empiezo decididamente a ser un verdadero conservador.
Entretanto, el señor Wickham, contentÃsimo con hallarse en un furgón de equipajes, iba de acá para allá, como una mariposa aristocrática.
—¡Hombre! —exclamó—; ¡aquà hay algo para usted! Señor M. Finsbury. 16, John Street, Bloomsbury, Londres. Aquà no hay duda posible, M., o sea Michael, es un tunante, que tiene dos domicilios en Londres.
—¡Oh, ese bulto debe ser, sin duda, para Maurice! —respondió Michael desde el otro extremo del furgón, donde se habÃa tendido cómodamente sobre unos fardos—. Es un primo mÃo, a quien no detesto, seguramente, aunque me tiene un miedo horrible. Vive en Bloomsbury, y tengo entendido que está formando una colección muy particular de huevos de pájaro, de botones de polainas o, en fin, de otra cosa enteramente idiota, que he olvidado.
Pero Wickham no le oÃa ya. HabÃasele ocurrido una idea magnÃfica.