Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver —¡Oh, no! ¡No creo que le moleste el humo! —respondió el otro—. ¡Por otra parte aseguro a usted que mi tÃo Joseph no es un cualquiera! Es un caballero muy respetable, ha estado interesado en el comercio de cueros, ha hecho un viaje al Asia Menor, es un solterón y hombre de bien, pero tiene una lengua, querido Wickham, que se le puede regalar a cualquiera.
—¡Vamos, es un murmurador maldiciente! —indicó Wickham.
—¡De ninguna manera! —respondió el otro—. Es sencillamente un hombre dotado de un extraordinario talento para fastidiar a cuantos le rodean. En fin, es un hombre espantosamente latoso. Puede que en una isla desierta acabase uno por acostumbrarse a su trato. Pero lo que es en ferrocarril, ni por pienso; ¡quisiera que lo oyera usted discurrir acerca de Tonti, ese siniestro idiota que inventó las tontinas! ¡Una vez que se le da cuerda no acaba!
—Pero, en realidad —dijo Wickham—, usted se halla también interesado en esa historia de la tontina Finsbury, de que han hablado los periódicos.
—¡No habÃa pensado en ello!