Aventuras de un cadaver

Aventuras de un cadaver

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Abrióse la portezuela y entraron dos viajeros que se apresuraron a salir inmediatamente. Sin embargo, ¡bien sabe Dios que no les había sobrado el tiempo para tomar el tren! Habían llegado en un tándem a toda velocidad, se habían precipitado con furia al despacho de billetes y, continuando su desordenada carrera, habían llegado al andén en el momento en que la máquina lanzaba los primeros ronquidos precursores de la marcha. Hallaron a su alcance un solo departamento y a él subieron precipitadamente; el de más edad se había ya instalado en uno de los asientos cuando notó la presencia del anciano Finsbury.

—¡Dios mío! —exclamó—, ¡mi tío Joseph! ¡No hay medio de quedarse aquí!

Bajó precipitadamente, atropellando casi a su compañero y se apresuró a cerrar la portezuela.

Momentos después se hallaban ambos individuos instalados en el furgón de los equipajes.

—¿Por qué diablos no ha querido usted permanecer en el vagón de su tío? —preguntó el más joven de los viajeros, mientras se limpiaba el sudor con el pañuelo—: ¿cree usted que no le habría permitido fumar?


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