Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Un magistrado en un furgón de equipajes
La ciudad de Winchester es conocida por su catedral, su obispo (que desgraciadamente murió hace algunos años a consecuencia de una caída de caballo, aunque todo induce a creer que debe haber sido reemplazado hace ya tiempo), su colegio, su variado surtido de militares y su estación, por donde pasan infatigablemente los trenes ascendentes y descendentes de la línea London and South Western. Estas diversas circunstancias no hubieran dejado ciertamente de influir sobre el ánimo de Joseph Finsbury, cuando el tren que le conducía a Londres se detuvo algunos instantes en la estación susodicha; pero el buen viejo se había quedado dormido apenas salió de Southampton. Su alma, abandonando momentáneamente el vagón, se había visto transportada a un cielo lleno de espaciosas y pobladas salas de conferencias, donde se sucedían los discursos hasta lo infinito. Entretanto, su cuerpo descansaba sobre los almohadones del vagón, con las piernas encogidas y con la gorra echada hacia atrás, mientras que su mano estrujaba contra el pecho un número del Lloyd’s Weekly Newspaper.
