Aventuras de un cadaver

Aventuras de un cadaver

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Un pensador juicioso (probablemente Aristóteles) ha hecho notar que la Providencia no se desdeñaba de emplear para sus fines hasta los instrumentos más humildes; lo cierto es que el escéptico más empedernido, no podría menos de reconocer que Wickham y el hospodar válaco eran instrumentos preparados y elegidos desde la eternidad, por la Providencia.

Deseoso de aparecer a sus propios ojos como una persona llena de inteligencia y de recursos, el joven caballero (que ejercía en su condado natal las funciones de magistrado) apenas se quedó solo en el furgón, cayó sobre los letreros de los bultos con todo el celo de un reformador. Y cuando en la estación de Bishopstoke, salió del furgón de los equipajes para instalarse con Michael Finsbury en un vagón de primera clase, su rostro resplandecía a la vez de satisfacción y de cansancio.

—¡Acabo de dar una broma soberbia! —No pudo menos de decir a su abogado.

Después, sintiendo de pronto algún escrúpulo, añadió:

—Dígame usted, ¿corro peligro de perder mi puesto de magistrado por una broma insignificante e inofensiva?

—¡Amigo mío —respondió distraídamente Michael—, más de una vez le he predicho a usted que acabaría en la horca!


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