Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Gideon Forsyth y la caja monumental
He dicho ya que, en Bournemouth, Julia Hazeltine tenía a veces ocasión de hacer nuevas amistades. Verdad es que apenas si había tenido tiempo de tratar un poco a sus nuevos conocidos, cuando volvían a cerrarse tras ella las puertas de la casa de Bloomsbury hasta el verano siguiente. Sin embargo, estas relaciones efímeras no dejaban de ser una distracción para la pobre muchacha, prescindiendo además de la provisión de recuerdos y esperanzas que le suministraban. Ahora bien, entre los personajes que de esta suerte había encontrado en Bournemouth el verano anterior, hallábase un abogado joven, llamado Gideon Forsyth.
La tarde misma del día memorable en que el magistrado Wickham se había divertido en cambiar los letreros de los bultos, un soñador y aun melancólico paseo había llevado, como por casualidad, al señor Forsyth a la acera misma de John Street, en Bloomsbury, y precisamente a la misma hora, esto es, a las cuatro de la tarde, miss Hazeltine acudía a abrir la puerta del núm. 16, en la que acababan de dar tremendos campanillazos.
