Aventuras de un cadaver

Aventuras de un cadaver

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—¡Esto no puede ser para nosotros! —afirmaba la joven—. ¡Ruego a usted que se lleve de nuevo esa caja! ¡Aun cuando lograran ustedes bajarla del camión, no lograrían hacerla entrar por la puerta!

—¡En ese caso, voy a dejarla en la acera! —respondía el cochero—, ¡y el señor Finsbury se arreglará como pueda con la policía!

—¡Pero si yo no soy el señor Finsbury! —protestaba la joven.

—¡Poco me importa quién es usted! —respondía el cochero.

—¿Me permitirá usted, miss Hazeltine, que le preste ayuda? —dijo Gideon, adelantándose.

Julia lanzó un ligero grito de alegría.

—¡Oh, señor Forsyth! —exclamó—. ¡Cuánto me alegro de verle a usted! ¡Figúrese usted que quieren obligarme a que admita en la casa este espantoso bulto que sólo puede haber venido aquí por equivocación! El cochero declara que es preciso que arranquemos las puertas, o que los albañiles echen abajo un lienzo de pared entre dos ventanas, pues de otro modo, la policía urbana nos formaría un proceso por dejar nuestros muebles en medio de la calle.


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