Aventuras de un cadaver

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Su pobre sobrino se hallaba bajo el peso de esta última calificación. La manera cómo Gideon entendía el estudio de las leyes, era decididamente para su tío «poco práctica», y, en consecuencia, éste le había dado a entender, durante una ruidosa entrevista, en la que llevaba el compás con el garrote de nudos, que era preciso que hallase cuanto antes una o dos causas que defender, pues de otra suerte, tenía que resignarse a vivir de sus propios recursos.

No es, pues, de extrañar que Gideon, a pesar de tener un carácter jovial, se sintiese invadido por la melancolía. En primer término, no sentía el menor deseo de profundizar más de lo que hasta entonces lo había hecho, el estudio de la ley. Además, aun suponiendo que se resignase a ello, quedaba una parte del programa, que era en absoluto independiente de su voluntad. ¿Cómo hallar clientes y causas que defender? Aquí estaba el quid de la dificultad.

De pronto, mientras se desesperaba por no poder hallar medio de resolverla, halló cerrado el paso por un gran corro de gente. Había allí detenido un camión delante de una casa. Seis atletas, bañados en sudor, se ocupaban en bajar del camión el más gigantesco bulto que jamás haya podido verse. En el umbral de la puerta, se veía de pie la maciza figura del cochero, y la delicada de una joven, que disputaban como en un escenario.


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