Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Gideon Forsyth era un joven bastante feliz, pero que lo hubiera sido mucho más aún si hubiera tenido algún dinero de más y un tío de menos. Sus rentas se reducían a ciento veinte libras por año; pero su tío, el señor Edward H. Bloomfield, agregaba a dicha renta una ligera subvención y una masa enorme de buenos consejos, expresados en un lenguaje que hubiera parecido excesivamente violento hasta en un cuerpo de guardia.
El tal señor Bloomfield era, en verdad, una figura esencialmente propia de la época de Gladstone. Habiendo ido acumulando años sin acumular experiencia, unía a los sentimientos políticos del partido radical, una exuberancia apasionada, que habitualmente suele considerarse como patrimonio tradicional de nuestros antiguos conservadores. Admiraba el pugilato, llevaba un enorme garrote de nudos, era asiduo a los oficios religiosos, y hubiera sido difícil averiguar quiénes excitaban más violentamente su cólera, si los que se permitían defender a la Iglesia establecida o los que desdeñaban tomar parte en sus ceremonias. Empleaba, además, algunos epítetos favoritos, que inspiraban un legítimo espanto a sus amigos: cuando no podía llegar hasta declarar que tal o cual medida «no era inglesa», no dejaba, por lo menos, de denunciarla «como poco práctica».