Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Maurice fa miró con ojos cada vez más extraviados. Se pasó una mano por la frente y luego se apoyó en la pared como quien va a desmayarse. Pero, poco a poco, se fue desatando su lengua y empezó a vomitar un torrente de injurias contra la joven. Hasta entonces el mismo Maurice no se hubiera creído capaz nunca de tanto ardimiento, de tanta facundia y de tal variedad de locuciones groseras. La joven temblaba y vacilaba al sentirse víctima de aquel furor insensato.
—No permitiré que siga usted hablando a miss Hazeltine en semejante tono —dijo al fin Gideon interponiéndose con resolución.
—Le hablaré en el tono que me plazca —replicó Maurice con creciente furor—. ¡Hablaré a esta miserable mendiga en el tono que merece!
—¡Ni una palabra más, caballero, ni una palabra más! —exclamó Gideon.
Y luego, dirigiéndose a la joven, añadió:
—Miss Hazeltine, usted no puede seguir habitando bajo el mismo techo que este individuo. He aquí mi brazo. Permítame usted que la conduzca a un lugar donde esté usted al abrigo de los insultos.
—Señor Forsyth —dijo Julia—, tiene usted razón, yo no puedo permanecer aquí un instante más, y sé que me confío a un hombre de honor.