Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Pálido y resuelto, Gideon le ofreció su brazo, y ambos jóvenes bajaron los escalones del portal, perseguidos por Maurice, que reclamaba la llave de la puerta.
Apenas acababa Julia de entregársela, cuando pasó rápidamente ante ellos un coche de alquiler vacÃo. Llamáronlo al mismo tiempo Maurice y Gideon. Pero en el momento en que el cochero hacÃa parar a su caballo, Maurice se precipitó dentro del carruaje.
—¡Diez de propina! —gritó—. ¡Estación de Waterloo y muy deprisa! ¡Diez de propina para usted!
—Ponga usted veinte, caballero —dijo el cochero—, pues este otro caballero me ha llamado antes que usted.
—¡Vaya por los veinte! —gritó Maurice, pensando allá entre sà que, al llegar a la estación, examinarÃa de nuevo la cuestión.
El cochero dio un latigazo al caballo y el coche torció la primera esquina de la calle.