El Club de los Suicidas
El Club de los Suicidas —¡Ay! —exclamó—. Ignora usted, señor Scuddamore, qué regalo tan cruel me ha traÃdo. Éste es un joven de mi propio séquito, el hermano de mi amigo de mayor confianza, y por servirme en unos asuntos ha perdido la vida a manos de un hombre violento y traidor. ¡Pobre, pobre Geraldine! —siguió hablando, como si fuera para sà mismo—. ¿Con qué palabras le explicaré a usted la suerte que ha corrido su hermano? ¿Cómo puedo excusarme a sus ojos, o a los ojos de Dios, por los planes tan soberbios que le llevaron a esta muerte sangrienta e inhumana? ¡Ah, Florizel, Florizel! ¿Cuándo aprenderás la discreción que requiere esta vida mortal, y dejarás de obnubilarte con la imagen del poder de que dispones? ¡Poder! —dijo a gritos—. ¿Quién tiene menos poder? Miro a este muchacho, a quien he sacrificado, señor Scuddamore, y siento qué poca cosa es ser prÃncipe.
Silas se sintió inmensamente emocionado. Intentó murmurar algunas palabras de consuelo, y estalló en lágrimas. El prÃncipe, agradecido por su intención, se acercó a él y le cogió la mano.
—DomÃnese —dijo—. Los dos tenemos mucho que aprender y ambos seremos hombres mejores desde nuestro encuentro de hoy.
Silas le dio las gracias en silencio con una mirada de afecto.