El Club de los Suicidas

El Club de los Suicidas

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—Escríbame las señas del doctor Noel en este papel —dijo el príncipe llevándolo a la mesa—, y permítame recomendarle que cuando retorne a París evite la compañía de este peligroso hombre. En este caso ha actuado generosamente; debo creerlo así, pues si hubiera estado involucrado en el asesinato del joven Geraldine, no hubiera remitido el cadáver al propio asesino.

—¡El propio asesino! —repitió Silas, atónito.

—En efecto. Esta carta, que la Alta Providencia ha depositado de manera extraña en mis manos, estaba dirigida, ni más ni menos, que al mismo criminal, el infame presidente del Club de los Suicidas. No intente saber más de estos asuntos tan tenebrosos, sino que conténtese con su milagrosa huida y abandone esta casa al instante. Tengo cuestiones urgentes, y debo disponerlo todo en seguida respecto a este pobre muchacho, que fue un joven tan valiente y tan apuesto.

Silas se despidió con obediencia y agradecimiento del príncipe Florizel, pero se quedó cerca de Box Court hasta que lo vio salir, en un espléndido coche, a visitar al coronel Henderson, de la policía. Aunque republicano como era, el joven americano se quitó el sombrero ante el coche que pasaba, casi con devoción. Esa misma noche tomó el tren de regreso a París.


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