El Club de los Suicidas
El Club de los Suicidas Más tarde, se admiró de que, habiendo recorrido tan grandes y diferentes escenarios, no se le hubiera presentado ni una posibilidad de aventura.
«Todo llegará —pensó—. TodavÃa soy un extranjero y debo de tener un aire extraño, pero la vorágine acabará por envolverme».
HabÃa avanzado la noche cuando, súbitamente, se produjo un chaparrón helado que le sorprendió en la oscuridad. Se protegió debajo de unos árboles y entonces avistó un coche de punto. El cochero, sentado en el pescante, le indicó con un ademán que estaba libre. Era una buena ocasión para escapar a la lluvia y Brackenbury levantó el bastón para llamarlo y, un momento después, se acomodó en el asiento de un simón londinense.
—¿Adónde desea ir, señor? —preguntó el cochero.
—Adonde usted quiera —respondió Blackenbury.