El Club de los Suicidas
El Club de los Suicidas De inmediato, el coche se introdujo con extraordinaria celeridad por entre la lluvia, y un laberinto de casas, todas prácticamente iguales, adornadas con un jardín delantero; a la luz de los faroles, recorrían innumerables calles y plazas, tan similares que Blackenbury se sintió desconcertado y perdió en seguida todo sentido de la orientación. Empezaba a pensar que el cochero le tomaba el pelo dándole vueltas y vueltas alrededor del mismo sitio, pero lo cierto era que avanzaban con velocidad tan delicada que se convenció de que no era así. El cochero seguía una dirección concreta, corriendo hacia un objetivo definido; y al teniente le maravilló la pericia con que localizaba el camino adecuado en el inmenso laberinto de calles. Paralelamente, sintió cierta preocupación por cuál podría ser la razón de tanta prisa. Había oído historias de extranjeros a quienes asaltaban y atacaban en Londres. ¿Acaso el cochero pertenecía a alguna banda malvada y traidora? Él mismo, ¿estaría volando en ese momento hacia el lugar donde iba a ser asesinado?