El Club de los Suicidas

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No bien había pensado esto cuando el coche dobló una esquina y se paró ante el jardín de una casa situada en una amplia calle. La casa estaba brillantemente iluminada. Otro coche de punto partía en ese momento y Brackenbury observó que un caballero entraba por la puerta principal y le recibían unos criados con librea. Le sorprendió que el cochero se hubiese detenido delante de una casa donde se estaba celebrando una fiesta. Una casualidad, sin duda, pensó, y siguió fumando su cigarrillo sin alterarse hasta que oyó abrirse la portezuela del coche sobre su cabeza.

—Ya hemos llegado, señor —dijo el cochero.

—¿Ya hemos llegado? —repitió Brackenbury—. ¿Dónde?

—Usted me dijo que lo condujese donde yo deseara, señor —respondió el cochero con una risa—, y aquí le he traído.

La voz era muy segura y cortés para un vulgar cochero, o eso, al menos, le pareció a Brackenbury. Le vino a la cabeza la velocidad con que habían venido, y sólo entonces reparó en que el coche era de mucho más lujo de los que se utilizaban para el servicio público.

—Haga el favor de explicarse —dijo el militar—. ¿Es que pretende que salga a mojarme a la lluvia? Me parece, amigo, que soy yo quien decide aquí.


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