El Club de los Suicidas
El Club de los Suicidas —Por supuesto —contestó el cochero—. Cuando se lo haya contado todo, sé lo que decidirá un caballero como usted. En esta casa se celebra una reunión de señores. No sé si el dueño es un extranjero en Londres o es un hombre de ideas raras. Pero a mà me pagan para que traiga a la casa a caballeros solos, vestidos de etiqueta. Todos los que quiera; si puede ser, mejor oficiales del ejército. Lo único que ha de hacer es presentarse y decir que viene invitado por el señor Morris.
—¿Usted es el señor Morris? —preguntó Brackenbury.
—No, señor —respondió el cochero—. El señor Morris es el dueño de la casa.
—No es una manera muy habitual de reunir invitados —dijo Brackenbury—, aunque un excéntrico puede permitirse algunos caprichos si no ofende a nadie. Pero imagine que yo no acepto la invitación del señor Morris. ¿Qué ocurre entonces?
—Mis instrucciones son llevarlo de vuelta al sitio donde lo recogà —explicó el cochero—, y seguir buscando caballeros hasta la medianoche. «A las personas a quienes no interese una aventura», dijo el señor Morris, «ya no las quiero como huéspedes».
El teniente se decidió en el acto al escuchar aquellas palabras.
«Al fin y al cabo —reflexionó mientras bajaba del coche—, tengo delante la aventura que esperaba».