El Club de los Suicidas
El Club de los Suicidas En cuanto bajó del coche y se metió la mano en el bolsillo, el coche dio media vuelta y desapareció por donde había venido como alma que lleva el diablo. Brackenbury llamó al cochero, pero éste no le hizo caso y siguió su camino. Alguien debió oírlo en la casa, no obstante, pues la puerta volvió a abrirse, arrojando un haz de luz sobre el jardín, y un sirviente vino corriendo a su encuentro, con un paraguas abierto en la mano.
—El coche está pagado —le dijo con voz muy cortés y subió los escalones hasta la puerta de entrada, acompañando a Brackenbury.
Al entrar, varios sirvientes más se hicieron cargo de su sombrero, su bastón y un abrigo, le dieron a cambio una contraseña con un número y lo invitaron a subir por una escalera, adornada de plantas tropicales, que daba al primer piso. Allí, un grave mayordomo le preguntó su nombre y, anunciando: «El teniente Brackenbury Rich», lo hizo pasar al salón de la casa.