El Club de los Suicidas
El Club de los Suicidas —Vea, me encontraba una semana aproximadamente detrás de usted, pero deseo alcanzarle para llegar codo con codo a la meta. Esto —prosiguió, depositando uno de los billetes sobre la mesa— alcanzará para la cuenta. Y el resto…
Lanzó los billetes a la chimenea, y desaparecieron en el fuego en una llamarada.
El joven intentó detener su brazo, pero los separaba la mesa y su gesto llegó demasiado tarde.
—¡Desgraciado! —gritó—. ¡No debÃa haberlo quemado todo! ¡DebÃa haber guardado cuarenta libras!
—¡Cuarenta libras! —repitió el prÃncipe—. ¿Por qué cuarenta libras, en nombre del cielo?
—¿Por qué no ochenta? —inquirió el coronel—. Estoy seguro de que debÃa haber cien libras en esos billetes.
—Sólo necesitaba cuarenta libras —contestó el joven con tristeza—. Sin ellas no hay admisión posible. La regla es estricta. Cuarenta libras cada uno. ¡Desgraciada vida, en la que no se puede ni morir sin dinero!
El prÃncipe y el coronel intercambiaron una mirada.