El Club de los Suicidas
El Club de los Suicidas —ExplÃquese —dijo el último—. Tengo todavÃa una cartera bien provista y no necesito decir cuán dispuesto estoy a compartir mi riqueza con Godall. Pero debo conocer para qué fin; es preciso que nos explique usted a qué se refiere.
El joven pareció despertar. Miró con inquietud a uno y otro, y su rostro enrojeció.
—¿No se burlan ustedes de m� —preguntó—. ¿Verdaderamente se encuentran tan arruinados como yo?
—Por mi parte, sà —respondió el coronel.
—También por la mÃa —aseveró el prÃncipe—. Le he dado a usted una prueba. ¿Quién, sino un hombre arruinado, tira sus billetes al fuego? La acción habla por sà misma.
—Un hombre arruinado…, sà —repuso el otro con sospecha—, o también un millonario.
—Basta, señor —dijo el prÃncipe—. He dicho algo y no estoy acostumbrado a que se ponga mi palabra en duda.
—¿Arruinados? —volvió a decir el joven—. ¿Arruinados como yo? ¿Han llegado, tras una vida de molicie, al punto en que sólo pueden concederse un último deseo? ¿Van ustedes… —Bajó la voz y continuó—. Van ustedes a darse ese deseo? ¿Quieren evitar las consecuencias de su locura por el único camino, fácil e infalible? ¿Huirán del juicio de la conciencia por la única puerta que queda abierta?