El Club de los Suicidas
El Club de los Suicidas —¡AquÃ, a su salud! —gritó, levantando la copa y bebiendo—. ¡Y buenas noches, mis queridos amigos arruinados!
El coronel Geraldine le agarró del brazo cuando estaba a punto de levantarse.
—No confÃa usted en nosotros —dijo— y se equivoca. Yo contesto afirmativamente a todas sus preguntas. Pero no soy tan tÃmido y puedo hablar llanamente en el inglés de la reina. También nosotros, como usted, estamos hartos de la vida y hemos decidido morir. Más tarde o más temprano, solos o juntos, queremos ir en busca de la muerte y desafiarla donde se encuentre. Puesto que le hemos encontrado a usted, y su caso es más urgente, que sea esta noche —y en seguida— y, si lo desea, los tres juntos. Este trÃo sin un penique —gritó— ¡debe ir del brazo a los umbrales de Plutón, y darse unos a otros apoyo entre las sombras!
Geraldine habÃa acertado exactamente en el tono y los modales que correspondÃan a la parte que representaba. El mismo prÃncipe se inquietó y miró a su confidente con una sombra de duda. En cuanto al joven, el rubor le adoró a las mejillas y sus ojos destellaron con una brillante luz.