El Club de los Suicidas
El Club de los Suicidas Esa tarde, el observatorio quedó clausurado definitivamente, cuando en el otro lado se colocó un armario ropero delante. Pero cuando Silas estaba todavía lamentándose de este infortunio, que atribuía a una malévola sugerencia de aquel inglés, el portero le trajo una carta escrita con letra de mujer. Estaba escrita en francés, con una ortografía no muy correcta, no llevaba firma, y en los términos más sugestivos invitaba al joven americano a acudir a un lugar determinado del baile Bullier a las once de aquella noche. La curiosidad y la timidez libraron una larga batalla en su interior; a veces era todo virtud, a veces era todo ardor y osadía. El resultado final fue que, mucho antes de las diez, el señor Silas O. Scuddamore se presentó impecablemente vestido en la puerta del salón de baile Bullier y pagó su entrada con una sensación de temeraria desenvoltura que no carecía de encanto.