El Club de los Suicidas
El Club de los Suicidas Al día siguiente, la señora Zéphyrine recibió una larga visita. Era un hombre alto y desgarbado, de más de cincuenta años, a quien Silas no había visto nunca. Su traje de tweed y su camisa de colores, así como sus gruesas patillas, indicaban que era inglés, pero tenía unos ojos grises y opacos que infundieron en Silas una sensación de frialdad. Estuvo haciendo muecas con la boca, de un lado a otro, y de arriba abajo, durante toda la conversación, que se desarrolló en susurros. Al joven de Nueva Inglaterra le pareció que más de una vez el hombre señalaba con sus gestos hacia su habitación; pero lo único claro que pudo concluir, con toda su escrupulosa atención, fue una frase que dijo en voz un poco más alta, como en respuesta a alguna resistencia u oposición:
—He estudiado sus gustos con la mayor atención, y le digo y le repito que usted es la única mujer de esa clase con la que puedo contar.
La señora Zéphyrine respondió a estas palabras con un suspiro e hizo un ademán de aparente resignación, como quien se rinde ante una indiscutible autoridad.