El Club de los Suicidas
El Club de los Suicidas Un día, hacia finales de marzo, con la curiosidad cada vez más desarrollada a medida que se abandonaba a ella, agrandó el agujero un poco más, de manera que pudiera ver otra esquina de la habitación. Aquella tarde, cuando fue, como de costumbre, a inspeccionar los movimientos de la señora Zéphyrine, quedó asombrado al encontrar la abertura oscurecida de una extraña manera por el otro lado, y todavía se sintió más avergonzado cuando el obstáculo fue súbitamente retirado y oyó una carcajada. Un poco de yeso debía de haber revelado el secreto de su espionaje y su vecina le había devuelto el cumplimiento de la misma manera. El señor Scudddamore se sintió terriblemente molesto y condenó sin piedad a la señora Zéphyrine; se culpó a sí mismo de lo ocurrido; pero cuando, al día siguiente, comprobó que ella no había tomado medidas para privarle de su entretenimiento favorito, continuó aprovechándose de su descuido y satisfaciendo su vana curiosidad.