El Diablo de la botella
El Diablo de la botella El anciano apenas podÃa expresarse a causa de la tos, pero Kokua logró enterarse de que era viejo y pobre, y un extranjero en la isla.
–¿Me harÃa usted un favor? –dijo Kokua–. De extrajero a extranjera y de anciano a muchacha, ¿no querrá usted ayudar a una hija de Hawaii?
–Ah –dijo el anciano–. Ya veo que eres la bruja de las Ocho Islas y que también quieres perder mi alma. Pero he oÃdo hablar de ti y te aseguro que tu perversidad nada conseguirá contra mÃ.
–Siéntese aquà –le dijo Kokua–, y déjeme que le cuente una historia.
Y le contó la historia de Keawe desde el principio hasta el fin.
–Y yo soy su esposa –dijo Kokua al terminar–; la esposa que Keawe compró a cambio de su alma. ¿Qué debo hacer? Si fuera yo misma a comprar la botella, no aceptarÃa. Pero si va usted, se la dará gustosÃsimo; me quedaré aquà esperándole: usted la comprará por cuatro céntimos y yo se la volveré a comprar por tres. ¡Y que el Señor de fortaleza a una pobre muchacha!
–Si trataras de engañarme –dijo el anciano–, creo que Dios te matarÃa.
–¡Sà que lo harÃa! –exclamó Kokua–. No le quepa duda. No podrÃa ser tan malvada. Dios no lo consentirÃa.