El Diablo de la botella
El Diablo de la botella –Dame los cuatro céntimos y espérame aquà –dijo el anciano.
Ahora bien, cuando Kokua se quedó sola en la calle, todo su valor desapareció. El viento rugÃa entre los árboles y a ella le parecÃa que las llamas del infierno estaban ya a punto de acometerla; las sombras se agitaban a la luz del farol, y le parecÃan las manos engarfiadas de los mensajeros del maligno. Si hubiera tenido fuerzas, habrÃa echado a correr y de no faltarle el aliento habrÃa gritado; pero fue incapaz de hacer nada y se quedó temblando en la avenida como una niñita muy asustada.
Luego vio al anciano que regresaba trayendo la botella.
–He hecho lo que me pediste –dijo al llegar junto a ella. Tu marido se ha quedado llorando como un niño; dormirá en paz el resto de la noche.
Y extendió la mano ofreciéndole la botella a Kokua.
–Antes de dármela –jadeó Kokua– aprovéchese también de lo bueno: pida verse libre de su tos.
–Soy muy viejo –replicó el otro–, y estoy demasiado cerca de la tumba para aceptar favores del demonio. Pero ¿qué sucede? ¿Por qué no coges la botella? ¿Acaso dudas?