El Diablo de la botella
El Diablo de la botella A la larga Keawe terminó por volver y la invitó a dar un paseo en coche.
–Estoy enferma esposo mÃo –dijo ella–. No tengo ganas de nada. Perdóname, pero no me divertirÃa.
Esto hizo que Keawe se enfadara todavÃa más con ella, porque creÃa que le entristecÃa el destino del anciano, y consigo mismo, porque pensaba que Kokua tenÃa razón y se avergonzaba de ser tan feliz.
–¡Eso es lo que piensas de verdad –exclamó–, y ése es el afecto que me tienes! Tu marido acaba de verse a salvo de la condenación eterna a la que se arriesgó por tu amor y tú no tienes ganas de nada! Kokua, tu corazón es un corazón desleal.
Keawe volvió a marcharse muy furioso y estuvo vagabundeando todo el dÃa por la ciudad. Se encontró con unos amigos y estuvieron bebiendo juntos; luego alquilaron un coche para ir al campo y allà siguieron bebiendo.
Uno de los que bebÃan con Keawe era un brutal haole ya viejo que habÃa sido contramaestre de un ballenero y también prófugo, buscador de oro y presidiario en varias cárceles. Era un hombre rastrero; le gustaba beber y ver borrachos a los demás; y se empeñaba en que Keawe tomara una copa tras otra. Muy pronto, a ninguno de ellos le quedaba más dinero.