El Diablo de la botella
El Diablo de la botella –¿No es una cosa terrible, esposo mÃo –dijo Kokua–, que la salvación propia signifique la condenación eterna de otra persona? Creo que yo no podrÃa tomarlo a broma. Creo que me sentirÃa abatido y lleno de melancolÃa. RezarÃa por el nuevo dueño de la botella.
Keawe se enfadó aún más al darse cuenta de la verdad que encerraban las palabras de Kokua.
–¡TonterÃas! –exclamó–. Puedes sentirte llena de melancolÃa si asà lo deseas. Pero no me parece que sea ésa la actitud lógica de una buena esposa. Si pensaras un poco en mÃ, tendrÃa que darte vergüenza.
Luego salió y Kokua se quedó sola.
¿Qué posibilidades tenÃa ella de vender la botella por dos céntimos? Kokua se daba cuenta de que no tenÃa ninguna. Y en el caso de que tuviera alguna, ahà estaba su marido empeñado en devolverla a toda prisa a un paÃs donde no habÃa ninguna moneda inferior al centavo. Y ahà estaba su marido abandonándola y recriminándola a la mañana siguiente después de su sacrificio.
Ni siquiera trató de aprovechar el tiempo que pudiera quedarle: se limitó a quedarse en casa, y unas veces sacaba la botella y la contemplaba con indecible horror y otras volvÃa a esconderla llena de aborrecimiento.