El Diablo de la botella
El Diablo de la botella Mientras tanto, Keawe comÃa y charlaba, hacÃa planes para su regreso a Hawaii, le daba las gracias a Kokua por haberlo salvado, la acariciaba y le decÃa que en realidad el milagro era obra suya. Luego Keawe em pezó a reÃrse del viejo que habÃa sido lo suficientemente estúpido como para comprar la botella.
–ParecÃa un anciano respetable –dijo Keawe– Pero no se puede juzgar por las apariencias, porque ¿para qué necesitarÃa la botella ese viejo réprobo?
–Esposo mÃo –dijo Kokua humildemente–, su intención puede haber sido buena.
Keawe se echó a reÃr muy enfadado.
–¡TonterÃas! –exclamó acto seguido–. Un viejo pÃcaro, te lo digo yo; y estúpido por añadidura. Ya era bien difÃcil vender la botella por cuatro céntimos, pero por tres será completamente imposible. Apenas queda margen y todo el asunto empieza a oler a chamusquina… –dijo Keawe, estremeciéndose–. Es cierto que yo la compré por un centavo cuando no sabÃa que hubiera monedas de menos valor. Pero es absurdo hacer una cosa asÃ; nunca aparecerá otro que haga lo mismo, y la persona que tenga ahora esa botella se la llevará consigo a la tumba.