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EN CIERTA CIUDAD vivía un boticario que vendía ungüento amarillo. Era éste un remedio tan singular que quienes se lo untaban de la cabeza a los pies quedaban libres para siempre de los peligros de la vida, del cautiverio del pecado y del miedo a la muerte. Así lo aseguraba el boticario en su prospecto, y lo mismo decían todos los ciudadanos, y no había en los corazones de los hombres asunto más urgente que aplicarse debidamente el ungüento, y nada les procuraba más deleite que ver a los demás embadurnados. Vivía en la misma ciudad un joven de muy buena familia, aunque de costumbres alocadas, que, si bien era ya un hombre hecho y derecho, no se le ocurría decir del ungüento nada más que: «Ya me lo daré mañana». Y llegado el día siguiente seguía aplazándolo para más adelante. Y así podría haber seguido hasta el día en que muriese, de no ser por lo que le sucedió a un amigo de su misma edad y parecidas costumbres. El amigo iba un día paseando por la calle, sin una sola gota de ungüento en el cuerpo, cuando de repente fue arrollado por un carro que segó su vida en la flor de la edad. El otro quedó conmovido en lo más hondo, tan es así que jamás había visto yo a un hombre más ansioso por aplicarse el ungüento. Esa misma noche, en presencia de toda su familia y al son de la oportuna música, mientras el joven se deshacía en llanto, le untaron tres capas de la pomada. El boticario, que estaba también muy afectado y al borde de las lágrimas, declaró que nunca había dispensado su remedio más a conciencia


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