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Unos dos meses más tarde, llevaron al joven en parihuelas a casa del boticario.

—¿Qué significa esto? —vociferó el joven, nada más abrirse la puerta—. El ungüento debía librarme de todos los peligros de la vida, y aquí estoy, arrollado por el mismo carro y con una pierna rota.

—¡Ay, Dios! —exclamó el boticario—. Esto es una fatalidad. Comprendo que debo explicarle los efectos de mi ungüento. Un hueso roto es un asunto insignificante en el peor de los casos, y corresponde a una modalidad de accidente para la cual mi remedio carece de utilidad. El pecado, amigo mío, el pecado es la única calamidad que un hombre sabio ha de temer. Es del pecado de lo que mi ungüento le protege, y ya verá como cuando sienta la tentación me dará noticias de sus resultados.

—¡Vaya! —dijo el joven—. No lo había entendido así, y me resulta muy decepcionante. En todo caso, no me cabe duda de que será para bien. Entre tanto, le agradeceré que me componga la pierna.

—Eso no es asunto mío —dijo el boticario—, pero si lo llevan a casa del médico, a la vuelta de la esquina, seguro que él puede remediarlo.

Pasaron tres años y el joven regresó un día a casa del boticario, muy alterado.

—¿Qué significa esto? —vociferó—. ¿No estaba libre de la esclavitud del pecado? Acabo de incurrir en falsedad, en piromanía y en asesinato.


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